martes, 5 de febrero de 2008

Maldita suerte

Ringggg… Ringggg… Ringggg…
El sonido del teléfono le devolvió a la realidad, alejándole de su placentero sueño, secuestrando su conciencia a la cruda realidad en la que vivía.
Lo primero que sintió fue la fría humedad que recorría su espalda, que reposaba en el viejo y desvencijado colchón de muelles, en contraposición con el pegajoso y chorreante sudor que emanaba su cuerpo, debido al sofocante e inhumano calor infernal de la habitación.
El teléfono había dejado de sonar. Como esperaba que sucediera, sin saber el porque… dejó de sonar después de la tercera señal.
Abrió los ojos.
El desconchado ventilador de cinco aspas, seguía girando sobre el, con ritmo monótono. La idea de que ese viejo trasto no estaba seguro en el techo le paso por la cabeza, pero la alejó sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo ese era un problema menor, en su ruinosa vida.
El aire que movía apenas era soportable, pero apagarlo, aun le parecía más insoportable.
La vieja habitación de cinco metros cuadrados tenía sus paredes en tan lamentable estado, que nunca llegué a comprender como accedió a quedarse en ella. Supongo que en ese momento no tendría muchas más opciones.
No podía comprender muy bien, como a 42ºC, las paredes estuvieran cubiertas con tantas manchas de humedad en todas partes.
Los únicos muebles que decoraban, por decir algo, la habitación, eran una especie de mesa camilla, en madera de pino, sin ni siquiera una manita de barniz, un triste armario con las puertas colgando de una única bisagra, tan sumamente inclinado hacia delante, que todavía tengo la sensación, cada vez que lo recuerdo, que desafiaba totalmente las leyes de la gravedad, y el pequeño catre, en el cual seguía recostado y tan sumamente hundido, que su cuerpo formaba una media luna en la que su cadera a punto estaba de rozar el suelo, con un somier de muelles, rematado con un colchón tan manchado de orines que era sumamente imposible ver su color natural.
Ringggg… Ringggg… Ringggg…
El teléfono dejo de sonar nuevamente tras la tercera señal.
Se incorporo con lentitud y cierta dificultad del viejo camastro, a causa del excesivo hundimiento de su cuerpo en el mal oliente colchón.
Caminó pausadamente hacia la puerta de la habitación. La abrió. Asomo ligeramente la cabeza hacia el exterior, ojeando a izquierda y derecha el pasillo. Era tan lamentable como el interior de la habitación.
Recogió la carpeta que estaba a sus pies. Cerró la puerta nuevamente y se dirigió al borde del camastro, en el que se sentó, mientras fijaba su mirada en las doradas letras de la carpeta que sujetaba con ambas manos.
La excitación crecía en su interior al leer aquellas doradas letras… “Todo el mundo merece una oportunidad”.
Abrió la carpeta. Un recorte de periódico.
Aun no podía creer lo que estaba viendo. Como era posible. Alguien, sin duda, le daba una oportunidad.
Escudriño su bolsillo hasta sacar su último céntimo de el. Nuevamente la suerte le acompañaba. Todo su capital ascendía al precio exacto del coste de un billete de lotería. La situación, parecía no tener dudas.
Metió su recorte de periódico en el bolsillo de la camisa y se incorporo del viejo camastro con ligereza. Se sentía un hombre nuevo. Lleno de vida.
Salió de la habitación y corrió a la administración de loterías, situado justo en frente de donde se hospedaba. Nueva sorpresa. El número que apuntaba el periódico estaba allí colgado de una pinza.
Saco su recorte de periódico del bolsillo de la camisa, y se quedo comparándolos como absorbido en un profundo sueño.
Tras reanimarse, compro el billete y corrió nuevamente hacia la habitación, con una extraña sensación… La sensación del que acaba de cometer un delito y trata de ocultarse prontamente.
Ya en la habitación puso el billete, junto con el recorte de periódico, sobre la desvencijada mesa camilla y se tumbo en el viejo catre, sin dejar de mirar aquellos dos papelitos que sin duda iban a dar un vuelco a su vida.
Se paso lo que quedaba del día y toda la noche en vela, como salvaguardando su tesoro. Su futuro.
De todas formas no disponía de dinero ni a donde ir.
El día siguiente tardo en llegar. Parecía que las horas no pasaran.
El sorteo ya se había celebrado y la administración ya estaba abierta. Era la hora de la verdad.
Recogió sus más preciadas pertenencias, un recorte de periódico, un billete de lotería… y salió hacia la administración con paso lento. Excitado. Temeroso.
Tras salir del portal centraba su vista en la cristalera de la administración, rodeada en ese momento por un gran número de personas que se agolpaban frente a ella.
Comenzó a cruzar la calle, con paso lento, sin quitar su vista del gran cartel que estaba colgando de la cristalera del puesto de loterías.
No había ninguna duda. El número que anunciaba coincidía con el suyo.
En ese preciso instante unas voces comenzaron a gritar… Ya era tarde. Un camión atropelló a un transeúnte que cruzaba la calle. El golpe le mando a varios metros de distancia. Corrí hacia el pero ya era tarde. Había fallecido junto a un billete de lotería premiado con el gordo y un recorte de periódico que por un lado mostraba dicho número y por el otro mostraba un articulo que decía… “N.S.S. de 35 años de edad falleció en la localidad de Colmenar Viejo, arroyado por un camión, cuando sencillamente cruzaba la calle”.

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